Me encantaba quedar con Elvira, una mujer fuerte, siempre quedábamos a media mañana para tomar un café, a veces dar un largo y lento paseo, me daba la impresión de que no tenía prisa.
Me gustaba mucho charlar con ella, no es que supiera de muchas cosas, al menos no me lo parecía, ella escuchaba más que hablaba, después de dejar hablar, callaba un largo rato, reflexionaba, como si reviviera lo que has dicho de nuevo, te da la impresión que te escucha de verdad, incluso a veces llegué a pensar que antes nunca me había escuchado, al menos no como lo hace Elvira.
Siempre va con cuello, alto, o un pañuelo al cuello, pensé que estaría operada de nódulos, o las cuerdas vocales, su voz no es fea, pero es cierto que tiene una tonalidad que no sabría identificar.
Habla poco, habla lento, pero cuando lo hace, saborea las palabras, y cuando dice algo, puedes asegurar que lo que dice es verdad, no sabrías explicar por qué, pero sabes que lo es.
Rara vez quedábamos para algo que no fuera para tomar un café a media mañana, creo que sólo he comido con ella dos o tres veces, y nunca ha sido premeditado, si no al encontrarnos de manera casual en un restaurante y yendo ambas solas, nos hemos hecho compañía de muto agrado.
Empezaba el verano, un deseado y prematuro verano, calor, quietud, gente, bullicio...
Me quedaba sola unos días, decidí retirarme al cortijo de Almería, playas solitarias, calas desconocidas, incluso una pequeña piscina muy agradable para las noches de verano, mojitos y estrellas, decía yo.
Decidí invitarla, miró al horizonte -como casi siempre hacía, enfocando su vista a la nada, de una manera extrañamente intensa- y le vi hacer algo que nunca había hecho, pararse en una sílaba al hablar, una rara avis, empezó diciéndome que no podría por... no supo que decir, al final me contestó con "un ya veremos", mientras se acariciaba el cuello por encima del pañuelo.
Pasaron los días, contándolos, para ese deseado retiro al cortijo, leer, pasear, estrellas, vino blanco al atardecer...
Sería la primera vez que no voy sola, pero con Elvira sería ... una grata compañía, una persona tan pausada, tranquila, tan serena, lejos de ser un retiro alterado por elementos externos, seríamos dos personas haciendo retiro juntas.
Dos noches llevo en casa pensando por qué esa reticencia de Elvira en venirse, creía que nos caíamos bien, que nos era agradable la compañía, para ambas. No parece que tenga carencias económicas y ya le comenté que todos los gastos de avituallamiento correrían de mi parte, sería agradable cocinar para dos, más que para una sola persona, insistió que no, le dije zanjando la conversación, que solo le admitiría la mitad del gasto del combustible, esto no pudo rebatirlo.
Se acercaba el día del ansiado viaje, al final me llamó por teléfono, concretamos la hora y lugar donde la recogería.
Nada más subirse al coche me miró a los ojos fijamente, como no solía hacer, y sin abrir la boca, se despojó del pañuelo de seda que llevaba, dejando ver una enorme cicatriz en el cuello de lado a lado.
Yo la miraba sin saber muy bien lo que veía, pero algo en mi sabía que era algo grave, esto antes de que mi cerebro procesara lo que estaba viendo.
Ahí supe por que su cadencia, su no-prisa, su sabiduría.
Ella había bailado con la muerte y podía contarlo.