Siempre he sido un fiel practicante de la "despedida a la francesa", de "la bomba de humo", del "hacer mutis por el foro".
Tal vez porque odie las despedidas, por si no nos volvemos a ver, por esa referencia a las deidades que no creen en mi, por alargar la compañía más allá de estar separados.
De niño soñaba ser transparente, pasar por esta vida sin dejar mucha huella, no llamar la atención, tal vez para que no me regañaran, para no ser el centro de atención, no tener el foco alumbrándome y que me cegara. Ya cumplidos algunos años más, cuando te arrojas con furia inconsciente a la calle, haces el típico ruido del inconformismo, pero escondido tras mil máscaras, pseudónimos y muros donde esconder la mano que había quemado la piedra.
Ahora que hace ya tiempo que le dí la vuelta a la pata del jamón, pienso cómo sería mi última despedida.
Dejar pasar el tiempo y marchitarme cúal planta olvidad de riego.
Una discreta y temprana ida, en un frío cuarto cualquiera.
Una fiesta por todo lo alto, como última exaltación del amor la vida.
No es algo que me quite el sueño, estoy más preocupado en el día tras día, sin mirar demasiado tiempo al futuro, pero cuando fantaseo con el mañana, no puedo evitar una leve sonrisa de pícaro.
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