"Esa necesidad innata de querer arreglarlo todo, todo menos a mi."
Es una habitación amplia, tal vez un loft, por la ventana abierta entra una brisa refrescante y la luces de la ciudad.
Ella sigue tumbada a mi lado, la oigo respirar, es como una música relajante que emula los sonidos de la naturaleza, su belleza es salvaje, poco convencional, acaricio con las llemas de mis dedos su espalda, sus piernas, la cara interna de sus muslos, hasta que en sueños sonríe y se estremece. Llego a sus cicatrices y me deleito en ellas, son como costuras de oro, que realzan la belleza de su cuerpo.
Anoche, entre risas vacías y conversaciones triviales, notaba como su ropa ocultaba más que mostraba, sus ojos bellos y heridos querían esconder lo que sus poros necesitaban gritar.
Yo me fijé en ella desde el otro lado del bar, pero esperé, dándole vueltas a una piedra de hielo.
Cuando se cansó de despachar a todos esos bigardos de grandes fajos de billetes, potentes coches y casas lujosas que nunca pisará, custodiadas celosamente por sus mujeres; allí estaba yo, un hombre normal, con la mirada perdida en el infinito. Esperando.
Al final se sentó a mi lado y sensual me preguntó si le invitaba a una copa.
- No creo que te haga falta más alcohol por hoy -musité sin mirarla.
Me miró como fiera herida, quiso levantarse y marcharse, pero le atrajo mi arrojo.
Me llevó a su casa, y antes de que los cubitos de hielo tocaran el fondo del vaso, ya se habían desmoronado esas murallas infranqueables que tantos años le había costado construir.
Me besó como quien se entrega al abismo.
Y bailamos juntos en la pira de ese infierno llamado soledad.
Entre besos, arañazos, empujones y miradas que podrían detener el tiempo. Nos sentimos un poco menos solos, un poco menos perdidos, un poco menos muertos.

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