viernes, 12 de septiembre de 2025

Uno de mis tantos errores.

Uno de mis tantos errores en la vida ha sido creerme lo que me han dicho.

No, no me refiero de chico, como el Ratoncito Pérez, el hombre del saco, los Reyes Magos o lo de la Democracia.

Me refiero a ya talludico, con algunos moratones en el cuerpo, con los ojos ya cansados de ver las verdades de la vida. 
 

No me refiero a los medios de comunicación bienpagados por los poderosos, que nos dibujan una realidad alejada de la realidad. 

Me refiero a esas personas que caminan a tu lado, durante más o menos tiempo, que dicen que te quieren, y que te protegen la espalda mientras duermes, que te traen un cuenco de sopa, cuando febril, débil y vulnerable tiritas bajo una manta. De esas personas que pensabas que toda la existencia estarían a tu lado.
No digo que mientan deliberadamente buscando un beneficio propio y oscuro. No, no soy tan mal pensado.

Me refiero a esas promesas que nunca se pudieron cumplir, por hastío, por desgaste, por cansancio o por cambio de rumbo vital.

También he de admitir que elegí creerme esas palabras que tanto calor daban a mi desangelado corazoncito. Y tuve que digerir sus consecuencias.

Me limpié el polvo de mis zapatos y seguí caminando.

Irse sin hacer ruido.

Siempre he sido un fiel practicante de la "despedida a la francesa", de "la bomba de humo", del "hacer mutis por el foro".

Tal vez porque odie las despedidas, por si no nos volvemos a ver, por esa referencia a las deidades que no creen en mi, por alargar la compañía más allá de estar separados.

De niño soñaba ser transparente, pasar por esta vida sin dejar mucha huella, no llamar la atención, tal vez para que no me regañaran, para no ser el centro de atención, no tener el foco alumbrándome y que me cegara. Ya cumplidos algunos años más, cuando te arrojas con furia inconsciente a la calle, haces el típico ruido del inconformismo, pero escondido tras mil máscaras, pseudónimos y muros donde esconder la mano que había quemado la piedra.

Ahora que hace ya tiempo que le dí la vuelta a la pata del jamón, pienso cómo sería mi última despedida.

Dejar pasar el tiempo y marchitarme cúal planta olvidad de riego.

Una discreta y temprana ida, en un frío cuarto cualquiera.

Una fiesta por todo lo alto, como última exaltación del amor la vida.

No es algo que me quite el sueño, estoy más preocupado en el día tras día, sin mirar demasiado tiempo al futuro, pero cuando fantaseo con el mañana, no puedo evitar una leve sonrisa de pícaro.







jueves, 11 de septiembre de 2025

Vómito.

Cuando se vomita, el cuerpo expulsa del cuerpo algo que le hace daño, que le intoxica, que le intenta matar.

El vómito puede ser espontaneo, un acto reflejo, incluso inducido.

Ayer me pidieron que vomitara y te vengo hoy a contar, que me cuesta, que me cuesta expulsar de mi lo que me mata, lo que me intoxica, lo que me daña.

Siento que me despojo de parte de mi, que me desprendo de una enseñanza, de una experiencia, de lo aprendido (o por aprender).

Pero aquí estoy, retomando mi castigo; el de mirarme en esa superficie pulida, donde me reflejo, con mis pocas luces y mis sombras.

Exponiéndome, mostrándome, sin filtros, sin autocensura, escritura automática, arrojando lo que llevo dentro, como quien lanza una piedra, pero con la certeza o el miedo, de que me termine golpeando en la testa.



miércoles, 10 de septiembre de 2025

Desubicado.

Cuando ya no te apetece visitar sitios nuevos.
Cuando ya no te apetece escuchar música.
Cuando sientes vacías las palabras.
Cuando levantarse es rutinario.

La piedra de Sísifo como mascota.
El reloj sin cuerda en la muñeca.

El silencio se apropia del espacio.
Y una ensordecedora nada lo ocupa todo.

Autómata del día tras día.
Ojos que miran pero ya no buscan.

Debajo de la piel arde.
Nada.