La vida son 24 horas.
No recuerdo donde lo leí o escuché, pero es bastante alentador.
Cuando me voy a dormir es como si muriera mi yo del día que acaba y al despertar, soy otra persona, con otra oportunidad.
El amanecer es precioso, con su cambio de luz, parece que al alba no hay moral ni ética absurda, solo cambio de luz, ese gélido paso de la oscuridad de la noche a la luminosidad de la mañana.
después... bueno, después todo conocemos lo que pasa, la gente se despierta, la ciudad se pone en marcha y todo se estropea, se oyen las noticias desde algún transistor extraviado; la gente habla de cosas absurdas que apenan me interesan, y todo el mundo tiene mucha prisa.
Pronto llega la hora de la comida y el sopor de la digestión, con suerte me recuesto en mi rincón, mientras oigo sonidos que llegan de lejos, de muy lejos, paso las páginas de un libro y me olvido de quien soy.
El trabajo no me molesta, siempre tengo un rato que dedicarle, es agradable tener algo que hacer, algo que me ate aunque sea con un hilo muy fino, a la gravedad de la tierra. Pago mis facturas, no me hace falta más.
Entonces me empiezo a emocionar, se encienden las farolas del barrio. Oigo como llega el silencio, se acaba las noticias en la radio, empiezan ha hablar. Llego poco a poco a mi reino, las doce, temprano aún, la una, las dos, si, ya apenas se oyen coches pasar, releo las páginas apenas insípidas a la hora de la siesta, ahora jugosas y llenas de color. Todo es más real.
He de aprovechar el tiempo, debo de vivir lo máximo posible en mi pequeño cobertizo, antes de que la luz me mate de nuevo.
Cada mañana comienzo una nueva vida, olvido por completo el pasado.
Cada día es una nueva oportunidad de ser quien quiero ser.
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